Pensé que cuando me aceptaran en la universidad de mis sueños, me pondría en el camino hacia la libertad, que obtendría un gran trabajo y viviría una carrera exitosa. Pero al final hubieron muchos cambios que  no hicieron mi viaje tan placentero.

Cuando pasé del colegio a la universidad, empecé a sentir cambios importantes. Mucha presión social  y académica. Pasaba largas horas en clase, el piso que compartía siempre estaba lleno de gente y el ruido continuo. El culto a la imagen y el tener que llegar a todo, me llevo a un modo de ansiedad y estrés constante. Esto generó un trastorno alimentario en mí y fue en ese momento cuando encontré el yoga.

El yoga me dio la fuerza mental y física que necesitaba para ayudarme a mí misma.

Se suponía que empezar los estudios en la universidad sería una vida satisfactoria llena de momentos mágicos y felices, pero todo mi esfuerzo no se reflejaba en mis calificaciones. A mi alrededor todos eran competitivos y me costaba encontrar a alguien con quien compartir la presión en la que vivía. Entonces me arrope en las cosas que sabía que podrían reponerme física y mentalmente: comida, televisión y algo de bebida. Así pase un largo periodo, enfrentándome a grandes montañas de trabajo y preparándome para los exámenes.

Entonces, un día, mientras navegaba por mi bandeja de entrada, encontré una oferta de Groupon que ofrecía cinco clases en un estudio de yoga local. No sé por qué, pero compré el cupón. Ese sábado, caminé 30 minutos hacía mi primera clase. Nunca había hecho yoga antes e hice lo posible por seguir toda la clase, pero la maestra a menudo venía a corregirme, diciéndome que me calmara, respirara y practicara con más facilidad, lo cual parecía simple pero a veces era muy frustrante. Con el tiempo, sin embargo, el yoga se convirtió en una práctica que disfrutaba y esperaba.

Cuantas más clases asistía, más comenzaba a aprovechar la filosofía del yoga, que comenzó a sacudir algunas de mis propias sombras y preguntas internas. ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? En lugar de resistirme a estas preguntas, sentí curiosidad. Teniendo ese espacio y tiempo conmigo misma, libre de tecnología y distracciones, podía quitar las capas y explorar las respuestas a esas preguntas. Estaba libre de consejos, juicios y competencia sesgados, y eso me dio una sensación de calma y seguridad en el estudio.

El yoga cambió quién era yo, tanto dentro como fuera de la esterilla.

No abandoné de inmediato mi vida en la escuela y dediqué mi vida al yoga, pero sí integré su filosofía y sus prácticas en mi vida como una solución a mi sufrimiento. Dejé de reaccionar ante el juicio o la competencia de maneras que me hicieron daño. Comencé a centrarme en mis fortalezas y a centrar mi atención en las clases y oportunidades que me inspiraron y que realmente me importaban.

Otros de los beneficios de mantener mi practica fue la concentración y como día a día conseguía ser más productiva. Mis decisiones estaban más alineadas con mi verdad y propósito. Empecé a priorizar mi autocuidado y mi salud. Y todos estos cambios no hicieron más que ofrecerme oportunidades y experiencias increíbles.

Todavía me pregunto si mi vida sería diferente si no hubiera ido a esa primera clase. ¿Habría terminado la universidad? ¿Alguna vez habría encontrado mi interés en el liderazgo y habría comenzado mi propio negocio? Nunca lo sabré, pero no hace falta decir que estoy infinitamente agradecida de haber encontrado el yoga. Ha fortalecido mi cuerpo, me ha liberado de mentalidades limitantes y me ha reconectado con mi intuición, lo que me permitió sanar mis hábitos destructivos y tomar decisiones con mucha más confianza. Sobre todo el yoga me ayudo a recuperar una perspectiva positiva de la vida.

Os animo a acudir el próximo 31 de mayo 1 y 2 de junio a Big Yoga Festival. Un evento para descubrir, compartir y vivir una experiencia enriquecedora rodeada de personas, que como yo, han descubierto su propósito en la vida y disfrutan de ella de una manera más consciente.