Los practicantes de yoga saben a ciencia cierta, que nuestro cerebro y sus glándulas se benefician de muchas de las asanas que se ejecutan, sobre todo de las invertidas.

Todos sabemos que las células que primero mueren son por falta el oxígeno, y de hecho el yoga, según dice el Dr Joseph Mercola, es una forma de meditación en movimiento con atención plena en las asanas que se realizan: “A medida que se aprenden nuevas formas de moverse y responder, es posible que la mente y emociones también cambien y varíen. En cierto sentido, el practicante no solo se vuelve más flexible físicamente, sino que su perspectiva mental y su actitud ante la vida también obtienen cierta flexibilidad necesaria”.

 

El Dr Singh Khalsa, autor del libro “Your Brain on Yoga” nos habla como el cerebro cambia literalmente con la práctica constante de yoga. Según Khalsa se ha podido comprobar que tras dos meses practicando, la densidad de la materia gris aumenta, que es la que forma parte del sistema nervioso central, se encarga del control de los músculos y la percepción sensocial.

 

Estos cambios en la mente lleva a aumentar nuestra conciencia y a mejorar la memoria y la capacidad de aprendizaje. Y desde la amígdala, se controlan los niveles de ansiedad y las emociones.

 

Así que gracias al yoga conseguimos mayor densidad de materia gris, mayor la capacidad de aprendizaje, de relajación y de control de las emociones.

 

También se estimula el sistema parasimpático, que facilita la relajación y ayuda a recuperar el equilibrio en la vida diaria. El sistema nervioso autónomo el simpático, que ayuda a responder y actuar en situaciones de estrés, y el parasimpático. Cuando el sistema nervioso parasimpático domina el cuerpo, baja el ritmo cardiaco y la presión arterial y crece el flujo sanguíneo a los órganos internos.

 

En resumen yoga = gente feliz!